Sobre Ruedas junio 8, 2010
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I
Cada una de las caídas
se registra:
raspones llenos de sangre y tierra,
moretones amarillos, verdes, negros.
Huesos rotos, ligamentos destrozados.
El tratamiento puede ser peor:
regaños, temblor, humillaciones, culpa.
II
Medianamente hay alivio
cuando se es introducido a un cuarto oscuro
y rayos equis develan verdades ocultas bajo la piel;
(hay ligereza de conciencia al descubrir que se sigue con cierta inquietud por los peligros).
III
El reposo se acostumbra con mimos discretos,
no están de más
reflexiones aisladas sobre la violencia.
Al final se permite llorar
sentir dolor,
despedirse.
IV
No es raro que las marcas queden para siempre
en forma de reproche, aventuras exageradas, traumas psiquiátricos
o simplemente
debajo de una nalga, olvidadas
sin una historia qué contar.
Tarde Libre junio 8, 2010
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Inés tiene miedo
Mariana respira profundo
Carmen Caloca
Lucía y su cicatriz.
El club de la serpiente
reúne cada jueves la miseria
de las canicas rotas
y la rayuela desdibujada.
Es una locura
celebrar
las estaciones
con globos llenos de agua.
5:37 abril 23, 2010
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Yo
sola,
camino por el parque de mis doce,
recuerdo la casa de las locas,
los patines
la mujer adulta con su perro bravo.
El parque estático
afuera de tu casa, María,
tiene un color viejo,
sus árboles parecen elefantes cansados,
cobijas de tiempo,
aire fino.
En la banca del centro hay un señor niño,
una palmera, un jitomate.
Es un Parque Surreal.
¡Las mujeres del parque gritan!
¡Los niños gritan!
(las mujeres del parque escribimos con lápiz el hastío)
Extraño la edad del sol,
me duele ver tu casa abandonada,
el parque sin nosotras;
y el perro se va con su dueña triste,
la familia conmigo
para quedarme más sola
en el parque de afuera de tu casa,
el que visito cuando todo se está yendo,
mientras los niños corren llorando
recién caídos
cortando flores, se cortan.
Todo es tan doloroso,
Parque Surreal de tres minutos.
Miedos injustificados abril 10, 2010
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Es justo, alguna vez, estar solo,
mirarse al espejo
desde todos los ángulos posibles
y recordar:
estoy solo.
Luego preguntarse desde qué trinchera
elegir
ser el compañero
de los miedos injustificados
de otro.
Es justo, tomarse todo el tiempo
necesario
para responder tan enorme pregunta.
En el cuarto azul abril 9, 2010
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Il faut tenter de vivre
mi mente es un algodón de azúcar.
Estoy aquí,
jugando con mi algodón de azúcar.
Sin pensar en el tiempo, porque no se leer el reloj.
Hablo sola, hablo con mis personajes,
les construyo una casa en las nubes,
el aire solidifica mi cuento.
No sé qué es la mente pero me siento feliz
enterrando la palita de fierro bajo la arena de tu jardín zen.
Tengo una faldita azul y un moño en la cabeza,
-¡qué bonitos tus collares, liz!-
mientras los observo canto una canción de princesas
y me imagino un circo de cuentas rosas, moradas y azules.
Estoy en medio del holocausto
de la conciencia
sin percatarme.
Pesadillas marzo 29, 2010
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Cuando me tuve que dormir,
porque cené galletas con chispas de chocolate,
cuando me puse la pijama,
porque mamá me desabrochó las agujetas de los tenis rojos,
cuando me lavé los dientes,
porque el dentista tenía todos los carritos de carreras
de la colección,
cuando mi hermano apagó la luz
y la sombra de las ramas se reflejó en la pared,
porque tenemos un árbol que en agosto da aguacates,
cuando desperté por la mañana
porque sonó el despertador:
tuve pesadillas.
Tengo un brazo de hojalata marzo 29, 2010
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Hojalata de brazo,
tengo un abrazo de lata,
vendo según
la barata de los
interesados en comprar
un vaso con máscaras de azul carbón.
Mi brazo hace dibujos:
de animales
en peligro de extinción,
universos paralelos,
y patos bañados en petróleo.
Ojalá ganara el concurso
del quinto de primaria
para comprar caracoles y calcomanías.
El cocodrilo marzo 29, 2010
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Para Mariana
Grande, grande, grande,
el cocodrilo fue abriendo la boca
mostrando muchísimos dientes
picudos,
filosos.
Su lenguota
me dio miedo.
Y salió del agua
como amenazando
como persiguiéndome
con una palabra
desde la garganta
grande, grande, grande:
CHÓCALAS!
Tristes descubrimientos marzo 29, 2010
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El otro día
Papá fumaba
y una luciérnaga
le perseguía la boca.
A veces luz,
a veces oscuridad,
y el cuerpo del insecto
se fue haciendo ceniza.
No supe decir
más que mi silencio
mientras se tragaba en humo
mi asombro.
Como un conejo blanco
en el sombrero,
una luciérnaga muriendo
entre tabaco y alquitrán.
El mimo y la costurera marzo 10, 2010
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Para B. Galván
Las calles de la ciudad deben habitarse por claridades.
La mañana del nueve de marzo, el mimo y la costurera se encontraron para siempre en un semáforo que duraba en alto cincuenta segundos.
María conducía su combi verde pistache y mantenía su mente alejada de los intensos rayos de sol que se colaban por el parabrisas. Agustín, experto en realidades fugaces, tenía bien medido el tiempo para su presentación. Se acercó a la ventana del auto y empezó a deletrear su intención con sofisticados movimientos, interrumpiendo a María en su afán por recordar la larga lista de bolas de estambre e hilazas que debía comprar para el enorme vestido que tejía con prisas y congojos. Entonces empezó el espectáculo.
Agustín hizo aparecer una escalera, sacó a María de sus pensamientos y trepó con ella hasta el cielo, dejando el automóvil abierto. Tambaleando en las alturas y sin decir una palabra, María entendió que debía tejer y tejió un piano. Agustín empezó a interpretar la mejor música del teatro de los mil colores y el escenario se pintó de verde apareciendo un jardín gigantesco de las manos de Agustín. El punto de cruz de María se encargó de un par de bicicletas que fueron rodadas por los caminos de piedra del lugar, entonces el mimo dejó de pedalear, arrojó el biciclo al pasto y en el aire trazó una pared donde puso una puerta diminuta. María, confundida, tejió una pregunta pero Agustín sin preocuparse empezó a tocar las bolsas de sus pantalones hasta sentir una llave que le enseñó a María con una gran sonrisa, quien, sacando sus ganchos, alcanzó doscientas noventa y ocho puntadas a treinta y dos cadenas por segundo para crear un pozo muy profundo que dejó a un lado de la puerta para que Agustín arrojara la llave pero éste tomó a María de la mano y de un brinco se lanzaron al vacío. María gritó con intensidad, el mimo sólo abrió la boca y puso un gesto de pavor que terminó en el primer bocado de pastel de chocolate que comió en la espectacular fiesta de cumpleaños que apareció al final del precipicio. María tejió gorritos picudos y espantasuegras, le pegó a la piñata y recibió muchos regalos. Agustín la abrazó. María sonrió hasta con los ojos y luego se dispusieron a bajar las escaleras dejando en las alturas agujas y ganchos, guantes, pianos, bicicletas y jardines.
María subió a su combi y respiró profundo. En cuanto el semáforo le dio el verde aceleró hasta desaparecer de la vista de Agustín y entonces disponerse a terminar aquél vestido.
